Calmada, sabia y confiada

esperanza2«Aconteció que al tercer día se vistió Ester su vestido real, y entró en el patio interior de la casa del rey, enfrente del aposento del rey; y estaba el rey sentado en su trono en el aposento real, enfrente de la puerta del aposento. Y cuando vio a la reina Ester que estaba en el patio, ella obtuvo gracia ante sus ojos; y el rey extendió a Ester el cetro de oro que tenía en la mano. Entonces vino Ester y tocó la punta del cetro. Dijo el rey: ¿Qué tienes, reina Ester, y cuál es tu petición? Hasta la mitad del reino se te dará.»(Ester 5:1-3)

Ningún rey ha intimidado jamás a Dios, no importa qué tantas sean sus riquezas, qué grande sea su reino, o qué poderosos sean sus ejércitos. Dios puede encargarse de cualquiera. ¡De cualquiera!

Puede encargarse de su esposo. Puede encargarse de su esposa. Puede encargarse de sus hijos. Puede encargarse de su pastor. Puede encargarse de la persona que le hizo todas esas promesas y que luego no las cumplió. Él puede encargarse también de su enemigo. Él puede encargarse de la situación más intimidante, porque cualquier corazón es como agua en la mano del Señor.

Ester se mueve en su confianza. Obsérvela. No retrocede acobardada; se pone de pie. «Ester se puso de pie frente a las habitaciones del rey. El rey vio a Ester de pie.” No está temblando. Aunque está haciendo algo que nunca había hecho antes, está de pie, con una actitud confiada, descansando en el Señor.
Cuando el rey la vio de pie en el patio, Ester obtuvo gracia antes sus ojos, y él le extendió el cetro de oro. Recuerde que sin ese gesto del rey, ella moriría. Pero ahora, confiada, toca la punta del cetro, creando así un lazo con el rey. “Entonces el rey le preguntó: ¿Qué tienes, oh reina Ester? ¿Cuál es tu petición? ¡Hasta la mitad del reino te será dada!” (Ester 5:3).

Esto me encanta. Ester no sabe qué esperar, y el rey le dice simplemente “¿En qué estás pensando? ¿Qué te preocupa?”  En realidad, va más allá, y le dice: “¿Qué puedo hacer por ti? Dímelo. No hay límite; todo será tuyo”.

Ahora es su momento para traer la ruina sobre Amán, pero no lo hace. No ahora. Es una mujer sabia que entiende el valor de la oportunidad. No tiene prisa ni es vengativa. ¿Sabe por qué? Porque había estado esperando en el Señor.

Nosotros nos apresuramos cuando no esperamos en el Señor. Nos adelantamos a los acontecimientos y hacemos cosas imprudentes. Disparamos sin apuntar. Damos rienda suelta a la lengua, diciendo cosas que después lamentamos. Pero si hemos esperando suficientemente en el Señor, Él toma pleno control de nuestro espíritu. En esos momentos somos como un globo y su mano nos mueve adondequiera que Él quiere. Por haber conocido personalmente esta experiencia, puedo testificar que nada se puede comparar con esto. ¡Es algo maravilloso!

 

Nosotros nos apresuramos cuando no esperamos en el Señor.—Charles R. Swindoll