Ninguna duda

biblia-575-shutterstock_87175915«Pasados muchos días, vino palabra de Jehová a Elías en el tercer año, diciendo: Ve, muéstrate a Acab, y yo haré llover sobre la faz de la tierra.Fue, pues, Elías a mostrarse a Acab. Y el hambre era grave en Samaria. Y Acab llamó a Abdías su mayordomo. Abdías era en gran manera temeroso de Jehová. Porque cuando Jezabel destruía a los profetas de Jehová, Abdías tomó a cien profetas y los escondió de cincuenta en cincuenta en cuevas, y los sustentó con pan y agua. Dijo, pues, Acab a Abdías: Ve por el país a todas las fuentes de aguas, y a todos los arroyos, a ver si acaso hallaremos hierba con que conservemos la vida a los caballos y a las mulas, para que no nos quedemos sin bestias. Y dividieron entre sí el país para recorrerlo; Acab fue por un camino, y Abdías fue separadamente por otro. Y yendo Abdías por el camino, se encontró con Elías; y cuando lo reconoció, se postró sobre su rostro y dijo: ¿No eres tú mi señor Elías? Y él respondió: Yo soy; ve, di a tu amo: Aquí está Elías. Pero él dijo: ¿En qué he pecado, para que entregues a tu siervo en mano de Acab para que me mate? Vive Jehová tu Dios, que no ha habido nación ni reino adonde mi señor no haya enviado a buscarte, y todos han respondido: No está aquí; y a reinos y a naciones él ha hecho jurar que no te han hallado. ¿Y ahora tú dices: Ve, di a tu amo: Aquí está Elías? Acontecerá que luego que yo me haya ido, el Espíritu de Jehová te llevará adonde yo no sepa, y al venir yo y dar las nuevas a Acab, al no hallarte él, me matará; y tu siervo teme a Jehová desde su juventud. ¿No ha sido dicho a mi señor lo que hice, cuando Jezabel mataba a los profetas de Jehová; que escondí a cien varones de los profetas de Jehová de cincuenta en cincuenta en cuevas, y los mantuve con pan y agua? ¿Y ahora dices tú: Ve, di a tu amo: Aquí está Elías; para que él me mate? Y le dijo Elías: Vive Jehová de los ejércitos, en cuya presencia estoy, que hoy me mostraré a él.»( 1 Reyes 18:1-15)

En el primer versículo de 1 Reyes 18 hay una frase elocuente. «Al tercer año, vino la palabra del SEÑOR a Elías.» ¡Tres años! ¡Ese es un tiempo increíblemente largo sin lluvia! No podemos imaginarlo, ¿verdad? Pero Dios tenía algo entre manos. En ese momento, ni siquiera esos falsos profetas tenían mucha credibilidad. Todas sus oraciones y todos sus rituales repetitivos y sus técnicas de vudú habían demostrado no servir para nada. ¿Es de extrañarse, entonces, que Elías atrajera la atención del público con el SEÑOR Dios? A estas alturas, ellos estaban dispuestos a probarlo todo. Elías no tuvo que rogar su cooperación.

¿Y es de extrañar que, cuando Dios les demostró ser quien era, todos «se postraron sobre sus rostros y dijeron: ¡EL SEÑOR es Dios! ¡EL SEÑOR es Dios!(18:39)?

Cuando Elías les dijo a esas mismas personas que agarraran a los profetas y que no dejaran escapar a ninguno de ellos, no tuvo que rogarles; ¡el pueblo de Israel ya estaba harto de esos negocios idólatras! El fuego del cielo pudo haberlos convencido, pero la interminable sequía ya había acabado con casi toda la confianza que ellos tenían en los líderes paganos que una vez habían seguido. El retraso de Dios obró milagros cuando hubo necesidad de hacer la elección entre quién era digno de ser adorado. Las calamidades naturales normalmente acercan los corazones a Dios, en vez de alejarlos.

Pero mire de nuevo ese primer versículo de 1 de Reyes 18, y encontrará otra promesa de Dios. ¡Elías estaba más que dispuesto a escucharla! «Yo enviaré lluvia sobre la faz de la tierra,» dijo el Señor.

Por fin. Qué alivio debió haber traído esa promesa. Me resulta interesante que el profeta de Dios nunca se quejó ni una sola vez de la sequía, aunque el arroyo del cual obtenía su agua se había secado, y aunque la sequía debió haber sido terriblemente difícil para él al igual que para los demás que habitaban en Israel. Pero la diferencia entre Elías y los demás era sencilla: él sabía que un día Dios cumpliría su promesa y daría lluvia. Hasta que llegara ese momento, Elías tenía que esperar, sin dudar, porque él estaba totalmente convencido de algo que la mayoría de nosotros, en un momento u otro, dudamos que Dios siempre cumple su promesa y daría lluvia.

Las calamidades normalmente acercan los corazones a Dios, en vez de alejarlos.—Charles R. Swindoll