Echar las bases de la valentía

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«Entonces Elías tisbita, que era de los moradores de Galaad, dijo a Acab: Vive Jehová Dios de Israel, en cuya presencia estoy, que no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra. Y vino a él palabra de Jehová, diciendo:Apártate de aquí, y vuélvete al oriente, y escóndete en el arroyo de Querit, que está frente al Jordán. Beberás del arroyo; y yo he mandado a los cuervos que te den allí de comer. Y él fue e hizo conforme a la palabra de Jehová; pues se fue y vivió junto al arroyo de Querit, que está frente al Jordán. Y los cuervos le traían pan y carne por la mañana, y pan y carne por la tarde; y bebía del arroyo. Pasados algunos días, se secó el arroyo, porque no había llovido sobre la tierra.»( 1 Reyes 17:1-7 )

 «Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses. Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia, y la tierra produjo su fruto.»( Santiago 5:17-18)

Elías había orado para que no lloviera y finalmente, no llovió por tres años y medio. Por tanto, el arroyo seco era una indicación de que aquello por lo cual había orado estaba comenzando a producirse. Elías estaba viviendo el resultado de su oración.

¿Le ha sucedido a usted lo mismo alguna vez? «Señor, hazme un hombre santo. Señor, hazme una mujer conforme a tu corazón.» Mientras tanto, en su corazón está pensando: pero que no me duela mucho. «Señor, hazme constante, paciente y misericordioso,» pero no me quites muchas de mis comodidades. «Señor, enséñame a tener fe, hazme fuerte,» pero no permitas que sufra. ¿Alguna vez ha argumentado con Dios de esta manera? Queremos tener madurez al instante, pero no de la clase que exige sacrificio, dolor emocional o padecimientos. «Señor, dame paciencia . . .¡pero la quiero ahora mismo!»

El campamento de entrenamiento espiritual de Dios no funciona de esa manera. Ha sido creado para que desarrollemos madurez, no para que nos sintamos cómodos. Pero al negarse a sí mismo no es una virtud popular en la cultura de hoy en día.

Poco antes de que Robert E. Lee (General de la Confederación en la Guerra Civil de los Estados Unidos) fuera llamado a la presencia del Señor, una joven madre le trajo a su pequeño bebé. Con ternura, Lee tomó al niño en sus brazos y lo miró profundamente a los ojos. Luego dirigió su mirada a la madre, y le dijo: «Enséñale que debe negarse a sí mismo.»

El veterano ex comandante sabía de lo que hablaba. Como dice el historiador americano Douglas Southall Feeman: «Si se pudiera resumir su vida (la de Lee) en una sola frase del libro que leía con tanta frecuencia, esa frase habría sido estas palabras: ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.’ »

Nuestro Dios es constante. Él nunca le pone fin a su régimen de capacitación. Nos afeita la cabeza, nos quita nuestro cómodo y seguro estilo de vida, nos lleva a cuarteles atestados y desconocidos, y cambia nuestro círculo de amigos, ¡es como estar en un campamento de entrenamiento espiritual!

Mientras lo hace, ¡nos quita todo nuestro orgullo! Y luego comienza a echar las bases de una gran valentía, de un nueva clase de confianza, por así decirlo, la clase que ya no nos defiende a nosotros sino a Él. ¡Qué cambio tan magnifico es este! ¡Y qué fundamental para nuestro viaje hacia la madurez! Una vez más, todo esto es parte del proceso de bajarnos los humos.