Su palabra es definitiva

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«Entonces Elías tisbita, que era de los moradores de Galaad, dijo a Acab: Vive Jehová Dios de Israel, en cuya presencia estoy, que no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra. «

(1 Reyes 17:1)

Dios cumple Sus promesas. Esa es una parte transcendente de Su naturaleza inmutable. Él no ofrece esperanzas con palabras bonitas, para luego no cumplir lo que dijo que haría. Dios no es voluble ni caprichoso. Y nunca miente. Como solía decir mi padre al hablar de una persona íntegra: «Su palabra lo obliga.»

Cuando uno se detiene para pensar en esto, recuerda que fue por una promesa que Elías entró en el escenario bíblico. La impopular tarea del profeta fue anunciar el mensaje de Dios al rey. El mensaje tenía que ver con una terrible sequía que vendría: esa sequía duraría cuatro años, y no terminaría «sino por mi palabra» (1 Reyes 17:1). Este mensaje no era solo un fuerte llamado para conseguir la atención de Acab, sino también un recordatorio no tal sutil de que, aunque Acab pensaba que era él quien mandaba, quien gobernaba era «el SEÑOR, Dios de Israel,» y solo Él determina lo que va a suceder, y cuándo.

El heroico Elías está de pie frente al rey del país; le dice que lo que este no quería oír venía de la confianza que tenía el profeta en la palabra de su Señor. El Dios del cielo había hablado, y ese fue el mensaje que Elías le transmitió a Acab. Dios prometió una sequía, y nada de lo que Acab pudiera hacer evitaría o reduciría sus terribles consecuencias. Además, Dios le aseguró al profeta, quien se lo transmitió al rey, que la sequía no cesaría hasta que Dios lo determinara, y punto; fin del anuncio. Sale Elías de la escena, y se presenta la sequía.

Lo que Dios había comunicado a través de su profeta se produjo. Exactamente como Dios lo había prometido, no hubo ni una gota de lluvia para dar alivio a la reseca tierra. El país se resecaba y se volvía un desierto a medida que pasaban los meses, que luego se convertirían en años. Los ríos dejaron de correr, los arroyos se secaron, los cultivos se quemaron con el sol, los animales se murieron, y el rey se encontró totalmente impotente para impedir el juicio divino.

Dios cumple Sus promesas. Estemos de acuerdo o no, Su palabra es definitiva. Y Él nunca olvida lo que promete. Así es. . . nunca.

 

Dios cumple Sus promesas. Es parte transcendente de Su naturaleza inmutable.—Charles R. Swindoll