Señor toma el control

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«Los filisteos, pues, pelearon contra Israel, y los de Israel huyeron delante de los filisteos, y cayeron muertos en el monte de Gilboa. Y siguiendo los filisteos a Saúl y a sus hijos, mataron a Jonatán, a Abinadab y a Malquisúa, hijos de Saúl.Y arreció la batalla contra Saúl, y le alcanzaron los flecheros, y tuvo gran temor de ellos.Entonces dijo Saúl a su escudero: Saca tu espada, y traspásame con ella, para que no vengan estos incircuncisos y me traspasen, y me escarnezcan. Mas su escudero no quería, porque tenía gran temor. Entonces tomó Saúl su propia espada y se echó sobre ella. Y viendo su escudero a Saúl muerto, él también se echó sobre su espada, y murió con él. Así murió Saúl en aquel día, juntamente con sus tres hijos, y su escudero, y todos sus varones. Y los de Israel que eran del otro lado del valle, y del otro lado del Jordán, viendo que Israel había huido y que Saúl y sus hijos habían sido muertos, dejaron las ciudades y huyeron; y los filisteos vinieron y habitaron en ellas. Aconteció al siguiente día, que viniendo los filisteos a despojar a los muertos, hallaron a Saúl y a sus tres hijos tendidos en el monte de Gilboa. Y le cortaron la cabeza, y le despojaron de las armas; y enviaron mensajeros por toda la tierra de los filisteos, para que llevaran las buenas nuevas al templo de sus ídolos y al pueblo. Y pusieron sus armas en el templo de Astarot, y colgaron su cuerpo en el muro de Bet-sán. Mas oyendo los de Jabes de Galaad esto que los filisteos hicieron a Saúl, todos los hombres valientes se levantaron, y anduvieron toda aquella noche, y quitaron el cuerpo de Saúl y los cuerpos de sus hijos del muro de Bet-sán; y viniendo a Jabes, los quemaron allí. Y tomando sus huesos, los sepultaron debajo de un árbol en Jabes, y ayunaron siete días.»(1 Samuel 31:1-13)

Detrás de la gran tragedia de la vida de Saúl hay una analogía muy interesante, una analogía entre la muerte de Saúl y la muerte de Cristo. A primera vista pudiéramos decir: ¿Qué pueden tener en común Saúl y Cristo? En realidad, hay seis analogías que vale la pena señalar.

Primera: Con la muerte de Saúl parecía ser fin de toda esperanza nacional. Cuando Saúl murió, muchos debieron haber pensado. Este es el fin de Israel. Seguramente que los palestinos se adueñarán de nosotros ahora. De igual manera, la muerte de Cristo pareció ser el fin de toda esperanza nacional y espiritual.

Segunda: Con la muerte de Saúl, parecía que el adversario había tenido la victoria final. Cuando Cristo murió, pareció que el adversario de nuestras almas había ganado. Debió haberse pavoneado por las puertas del infierno, diciendo: «La victoria es mía. Soy el vencedor. El Mesías ha muerto.»

Tercera: La muerte de Saúl preparó el camino para un plan de operación totalmente nuevo, e introdujo la línea real de David, que condujo al Mesías. Cuando Jesucristo murió, se inició toda una nueva operación que puso en movimiento nuestra gran salvación.

Cuarta: La muerte de Saúl abrió la oportunidad para otra persona que, de lo contrario, no habría sido parte de la línea de bendición de Dios, es decir, David. La muerte de Cristo abrió misericordiosamente la oportunidad de la bendición de la salvación a los no judíos, que de otra manera no habríamos podido venir osadamente al trono de gracia.

Quinto: La muerte de Saúl le puso fin a una era de insatisfacción y fracasos. La muerte de Cristo le puso fin a una era de ley y culpabilidad, estableciendo un plan completamente nuevo basado en gracia.

Sexto: La muerte de Saúl fue una demostración de la necedad del hombre. La muerte de Cristo mostró, en términos humanos, la insensatez de Dios. Pero es a través de la «insensatez» del plan de Dios que Él hace que se produzca lo increíble. Él toma la palabra predicada y transforma vidas gracias a la muerte de su Hijo,

Es muy posible que Dios esté diciendo a algunos Saúles que están en el proceso de vivir esta clase de vida lamentable: «Ahora es el momento de que te detengas.» Es el momento de decirle: «Señor, no cambies de bando, toma Tú el control.» Venimos, en realidad, como ovejas, delante de nuestro Señor, no para pedirle que cambie de bando, sino simplemente para que Él tenga el control.