«La batalla es mía»

leap-of-faith_724_482_80«Y tomó su cayado en su mano, y escogió cinco piedras lisas del arroyo, y las puso en el saco pastoril, en el zurrón que traía, y tomó su honda en su mano, y se fue hacia el filisteo. Y el filisteo venía andando y acercándose a David, y su escudero delante de él. Y cuando el filisteo miró y vio a David, le tuvo en poco; porque era muchacho, y rubio, y de hermoso parecer. Y dijo el filisteo a David: ¿Soy yo perro, para que vengas a mí con palos? Y maldijo a David por sus dioses. Dijo luego el filisteo a David: Ven a mí, y daré tu carne a las aves del cielo y a las bestias del campo. Entonces dijo David al filisteo: Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina; mas yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado. Jehová te entregará hoy en mi mano, y yo te venceré, y te cortaré la cabeza, y daré hoy los cuerpos de los filisteos a las aves del cielo y a las bestias de la tierra; y toda la tierra sabrá que hay Dios en Israel. Y sabrá toda esta congregación que Jehová no salva con espada y con lanza; porque de Jehová es la batalla, y él os entregará en nuestras manos.»(1 Samuel 17:40-47)

Lo hermoso de esta historia es que es un ejemplo perfecto de cómo trabaja Dios. Él magnifica Su nombre cuando nosotros somos débiles. No tenemos que ser elocuentes, fuertes, bellos físicamente, idóneos ni hermosos. No tenemos que haber viajado mucho, ser muy inteligentes, ni tener todas las respuestas para ser bendecidos por Dios. Él toma nuestra fe. Lo único que pide es que confiemos en Él, que estemos delante de Él en integridad y fe, y Él ganará la batalla. Dios solo está esperando su momento, aguardando que confiemos en Él para poder darnos el poder que nos permita hacer frente a nuestros gigantes.

Recuerde que Goliat sigue siendo un gigante… sigue teniendo una presencia imponente. David tenía todas las circunstancias en su contra. No había un solo hombre en el campamento filisteo —y muy probablemente en el campamento israelita— que hubiera apostado por él. Pero David no necesitaba su apoyo. Él necesitaba a Dios, a nadie más. Después de tomar las piedras se acerca al gigantesco guerrero filisteo.

El joven pastor hace sonreír al gigante. ¡Qué farsa!

¡Figúrese! ¡David se para frente a esta voluminosa criatura sin ningún temor!

El temor. Esa es nuestra GRAN batalla cuando nos enfrentamos a los gigantes. Cuando estos nos infunden temor, se nos traba la lengua. Nuestros pensamientos se vuelven confusos. Olvidamos cómo orar. Nos concentramos en las circunstancias que están en contra nuestra. Olvidamos a quién representamos y las rodillas nos tiemblan. Me pregunto lo que pensará Dios, cuando Él siempre nos ha prometido: “Mi poder está a tu alcance. No hay nadie en este mundo que sea más poderoso que yo. Confía en mí”.

Tenga por seguro que los ojos de David no estaban puestos en el gigante. El temor no era parte de su vida. ¡Qué hombre tan especial! Sus ojos estaban fijos en Dios. Con una confianza invencible en su Señor, David responde: “Todos estos congregados sabrán que el SEÑOR no libra con espada ni con lanza. ¡Del SEÑOR es la batalla!” (17:47). Ése fue el secreto de la vida de David. “Del SEÑOR es la batalla”. ¿Está usted tratando de dar su propia batalla? ¿Está tratando de hacer las cosas a su manera? ¿Está tratando de ser más listo que el enemigo, de superarlo en mañas? No podrá hacerlo, pero Dios sí puede; y Él le está diciendo: “Hazlo a mi manera, y yo te honraré. Hazlo a tu manera, y estarás condenado al fracaso. La batalla es mía”.