Dios contra nuestros gigantes

Fotolia_1889106_XS«Los filisteos juntaron sus ejércitos para la guerra, y se congregaron en Soco, que es de Judá, y acamparon entre Soco y Azeca, en Efes-damim. También Saúl y los hombres de Israel se juntaron, y acamparon en el valle de Ela, y se pusieron en orden de batalla contra los filisteos. Y los filisteos estaban sobre un monte a un lado, e Israel estaba sobre otro monte al otro lado, y el valle entre ellos. Salió entonces del campamento de los filisteos un paladín, el cual se llamaba Goliat, de Gat, y tenía de altura seis codos y un palmo. Y traía un casco de bronce en su cabeza, y llevaba una cota de malla; y era el peso de la cota cinco mil siclos de bronce. Sobre sus piernas traía grebas de bronce, y jabalina de bronce entre sus hombros. El asta de su lanza era como un rodillo de telar, y tenía el hierro de su lanza seiscientos siclos de hierro; e iba su escudero delante de él. Y se paró y dio voces a los escuadrones de Israel, diciéndoles: ¿Para qué os habéis puesto en orden de batalla? ¿No soy yo el filisteo, y vosotros los siervos de Saúl? Escoged de entre vosotros un hombre que venga contra mí. Si él pudiere pelear conmigo, y me venciere, nosotros seremos vuestros siervos; y si yo pudiere más que él, y lo venciere, vosotros seréis nuestros siervos y nos serviréis.Y añadió el filisteo: Hoy yo he desafiado al campamento de Israel; dadme un hombre que pelee conmigo. Oyendo Saúl y todo Israel estas palabras del filisteo, se turbaron y tuvieron gran miedo. Y David era hijo de aquel hombre efrateo de Belén de Judá, cuyo nombre era Isaí, el cual tenía ocho hijos; y en el tiempo de Saúl este hombre era viejo y de gran edad entre los hombres. Y los tres hijos mayores de Isaí habían ido para seguir a Saúl a la guerra. Y los nombres de sus tres hijos que habían ido a la guerra eran: Eliab el primogénito, el segundo Abinadab, y el tercero Sama; y David era el menor. Siguieron, pues, los tres mayores a Saúl. Pero David había ido y vuelto, dejando a Saúl, para apacentar las ovejas de su padre en Belén. Venía, pues, aquel filisteo por la mañana y por la tarde, y así lo hizo durante cuarenta días.»(1 Samuel 17:1-16)

Cada mañana y cada tarde, Goliat se pavoneaba haciendo alarde de su tamaño y de su fuerza, retando a cualquiera a que se enfrentara a él, diciendo: “No hay ninguna razón para que todo tu ejército se involucre en esto. Envía solo a un guerrero, y yo me enfrentaré a él. Yo soy el campeón. Yo soy el más grande”, y así siguió durante cuarenta días (17:16).

¡Qué aplicable a cualquier “gigante” es lo que encontramos aquí! Así son los gigantes del temor y la preocupación, por ejemplo. No se presentan sólo una vez; vienen mañana y tarde, y día tras día, para tratar de intimidar sin tregua. Se presentan en forma de una persona, de una presión o de una preocupación.

Algunos de ustedes tienen un temor que les golpea el corazón cada mañana y cada noche, días tras día, gritando en la hondonada de su valle personal. Pocas cosas más persistentes e intimidantes que nuestros temores y nuestras preocupaciones… especialmente cuando los enfrentamos a ellos con nuestras propias fuerzas.

Miremos nuevamente algo que sucedió antes de esa batalla, cuando el Señor le dijo a Samuel: “No mires su apariencia ni lo alto de su estatura, pues yo lo he rechazado. Porque el SEÑOR no mira lo que mira el hombre: El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero el SEÑOR mira el corazón” (1 Samuel 16:7).

Dios dijo, literalmente: “Porque el hombre mira la cara, pero Dios mira el corazón”.

Nosotros, siendo humanos, estamos sujetos a ese mismo problema. Nos impresionan o no las personas porque las juzgamos basados en su apariencia exterior. Miramos lo de afuera, y nos formarnos opiniones que, por lo general, son erróneas.

Si lo que dijo Dios se aplicó alguna vez, es en esta oportunidad en la historia de esta batalla. Goliat tenía todas las cosas que normalmente impresionarían e intimidarían a cualquiera. Sin embargo, en este caso David había recibido la capacidad de ver como Dios ve siempre las cosas, y por eso no se impresionó ni intimidó. Porque, no importa lo grande que pueda ser un gigante, Dios es más grande. Y no importa lo poderoso que este pueda ser, Dios es el Todopoderoso.

No importa lo grande que pueda ser un gigante, Dios es más grande.—Charles R. Swindoll