Dios de todos mis momentos

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«Llegaron los hijos de Israel, toda la congregación, al desierto de Zin, en el mes primero, y acampó el pueblo en Cades; y allí murió María, y allí fue sepultada. Y porque no había agua para la congregación, se juntaron contra Moisés y Aarón. Y habló el pueblo contra Moisés, diciendo: !!Ojalá hubiéramos muerto cuando perecieron nuestros hermanos delante de Jehová! ¿Por qué hiciste venir la congregación de Jehová a este desierto, para que muramos aquí nosotros y nuestras bestias? ¿Y por qué nos has hecho subir de Egipto, para traernos a este mal lugar? No es lugar de sementera, de higueras, de viñas ni de granadas; ni aun de agua para beber. Y se fueron Moisés y Aarón de delante de la congregación a la puerta del tabernáculo de reunión, y se postraron sobre sus rostros; y la gloria de Jehová apareció sobre ellos. Y habló Jehová a Moisés, diciendo:Toma la vara, y reúne la congregación, tú y Aarón tu hermano, y hablad a la peña a vista de ellos; y ella dará su agua, y les sacarás aguas de la peña, y darás de beber a la congregación y a sus bestias. Entonces Moisés tomó la vara de delante de Jehová, como él le mandó. Y reunieron Moisés y Aarón a la congregación delante de la peña, y les dijo: !!Oíd ahora, rebeldes! ¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña? Entonces alzó Moisés su mano y golpeó la peña con su vara dos veces; y salieron muchas aguas, y bebió la congregación, y sus bestias. Y Jehová dijo a Moisés y a Aarón: Por cuanto no creísteis en mí, para santificarme delante de los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta congregación en la tierra que les he dado.Estas son las aguas de la rencilla,[a] por las cuales contendieron los hijos de Israel con Jehová, y él se santificó en ellos.»(Números 20:1-13)

Footnotes:

  1. Números 20:13 Heb. Meriba.

 

Piénselo, ¿no le encantaría tener la capacidad de regresar en el tiempo para cambiar algo que hizo o dijo? Yo sé que ha habido momentos en mi vida, momentos horribles cuando actué por los impulsos de la carne, que me gustaría tanto volver atrás para deshacerlos. Pero eso so no es posible.

¿No cree usted que, en esos días previos a su muerte, Moisés habría dado gustosamente lo que fuera para experimentar de nuevo el incidente de la roca? ¡Ay, Señor, si sólo pudiera regresar para deshacer lo que hice! Te habría pedido a gritos tu ayuda para que controlaras mi ira. Me habría preocupado más por tu gloria. Habría hecho exactamente lo que me dijiste.

Pero no podía regresar. En un momento de ira, perdió su derecho a estar al frente de Israel. Lanzó por la borda la oportunidad de entrar a la tierra prometida.

El triste hecho es que no podemos volver atrás. Ninguno de nosotros puede hacerlo. No podemos deshacer las malas acciones ni desdecir las palabras pecaminosas. No podemos retomar esos momentos en que fuimos dominados por la ira, las pasiones, la crueldad, la indiferencia o el terco orgullo. Al igual que Moisés, podemos ser perdonados por esos pecados y lograr que sean borrados de nuestro expediente gracias al sacrificio de Cristo en la cruz. Pero, aun así, tenemos que vivir con las consecuencias de nuestras palabras y de nuestras acciones. La Escritura nos advierte que cosecharemos lo que sembremos.

No, no podemos volver atrás. Nuestro misericordioso Dios ha sepultado nuestro pasado con el sacrificio de su Unigénito Hijo en la cruz por nosotros. David nos recuerda que “tan lejos como está el oriente del occidente, así hizo [Dios] alejar de nosotros nuestras rebeliones” (Salmos 103:12).

Pero podemos aprender a andar mucho más cerca de Él, día tras día, hora tras hora y momento tras momento. Podemos tener cuentas claras con Dios y apoyarnos en el Espíritu Santo para que Él proteja nuestros corazones y nos escude del pecado que destruye la vida. Él lo hará. El Señor ha prometido darnos una vía de escape para que podamos resistir cualquier tentación (Hebreos 10:13), cualquier tentación en cualquier momento.

Si esto se convierte en nuestro estilo de vida, hermano mío, cuando Dios le diga que le hablemos a la roca, no la golpearemos, y el agua que fluya de esos momentos de obediencia refrescará a una multitud, incluidos nosotros mismos, sin ningún sabor a remordimiento.

La Escritura nos advierte que cosecharemos lo que sembremos.—Charles R. Swindoll