El período del desierto

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«Toda la congregación de los hijos de Israel partió del desierto de Sin por sus jornadas, conforme al mandamiento de Jehová, y acamparon en Refidim; y no había agua para que el pueblo bebiese. Y altercó el pueblo con Moisés, y dijeron: Danos agua para que bebamos. Y Moisés les dijo: ¿Por qué altercáis conmigo? ¿Por qué tentáis a Jehová? Así que el pueblo tuvo allí sed, y murmuró contra Moisés, y dijo: ¿Por qué nos hiciste subir de Egipto para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados? Entonces clamó Moisés a Jehová, diciendo: ¿Qué haré con este pueblo? De aquí a un poco me apedrearán. Y Jehová dijo a Moisés: Pasa delante del pueblo, y toma contigo de los ancianos de Israel; y toma también en tu mano tu vara con que golpeaste el río, y ve. He aquí que yo estaré delante de ti allí sobre la peña en Horeb; y golpearás la peña, y saldrán de ella aguas, y beberá el pueblo. Y Moisés lo hizo así en presencia de los ancianos de Israel. Y llamó el nombre de aquel lugar Masah[a] y Meriba,[b] por la rencilla de los hijos de Israel, y porque tentaron a Jehová, diciendo: ¿Está, pues, Jehová entre nosotros, o no? Entonces vino Amalec y peleó contra Israel en Refidim. Y dijo Moisés a Josué: Escógenos varones, y sal a pelear contra Amalec; mañana yo estaré sobre la cumbre del collado, y la vara de Dios en mi mano. E hizo Josué como le dijo Moisés, peleando contra Amalec; y Moisés y Aarón y Hur subieron a la cumbre del collado. Y sucedía que cuando alzaba Moisés su mano, Israel prevalecía; mas cuando él bajaba su mano, prevalecía Amalec. Y las manos de Moisés se cansaban; por lo que tomaron una piedra, y la pusieron debajo de él, y se sentó sobre ella; y Aarón y Hur sostenían sus manos, el uno de un lado y el otro de otro; así hubo en sus manos firmeza hasta que se puso el sol. Y Josué deshizo a Amalec y a su pueblo a filo de espada. Y Jehová dijo a Moisés: Escribe esto para memoria en un libro, y di a Josué que raeré del todo la memoria de Amalec de debajo del cielo. Y Moisés edificó un altar, y llamó su nombre Jehová-nisi;[c] y dijo: Por cuanto la mano de Amalec se levantó contra el trono de Jehová, Jehová tendrá guerra con Amalec de generación en generación.»(Éxodo 17:1-16)

Footnotes:

  1. Éxodo 17:7 Esto es, Prueba.
  2. Éxodo 17:7 Esto es, Rencilla.
  3. Éxodo 17:15 Esto es, Jehová es mi estandarte.

 

Todos nosotros tenemos nuestro propio período en el desierto. Algunos luchan con una familia numerosa con hijos pequeños en el hogar. Otros no tienen hijos. Es posible que la prueba que usted sufre no esté relacionada en absoluto con el hogar; puede ser que esté vinculada con su trabajo. Quizás está luchando con su vida de relación; tiene una personalidad brusca y le resulta difícil relacionarse con las personas. Por eso es que Dios le mantiene entre las personas y estas le irritan para que su arraigado hábito egipcio pueda ser cambiado. Para otros, el problema tiene que ver con las finanzas; usted vive siempre bajo la presión de la falta de suficiente dinero. O quizás sea un problema relacionado con sus estudios universitarios o con la enseñanza. Ese es su desierto.

Su desierto no lo separará de usted mismo simplemente porque se vaya volando a otro lugar que esté a varios miles de kilómetros de distancia. Adonde quiera que vaya, su apetito egipcio irá con usted. Dios se dedica no sólo a que usted atraviese el mar Rojo para que tenga la salvación, sino también se dedica a conducirle hasta Canaán a través del desierto. La conversión es a menudo una breve ida al altar, pero la madurez está siempre casada con el tiempo.

Recuerde eso esta semana. Usted nunca ha vivido el día que tiene enfrente de usted, y nunca volverá a vivirlo otra vez. La vida es como una moneda, se la puede usar como uno quiera, pero sólo podrá usarla una vez. A Dios le gustaría que usted saque experiencias de su vida en el desierto. Él quiere cambiar su apetito, sus hábitos, su actitud y, junto con ello, su vida entera.

Pero como ya he dicho, esa transformación profunda e interior no se produce de repente; comienza en la cruz, donde usted se rinde y acepta el regalo de Dios: Jesucristo. Ahora puede ser el momento para que usted diga: “Señor Jesús, este es tu momento. Te doy mi corazón, mi vida, como tu hijo.”

Ojalá que nunca olvidemos las lecciones de la historia, ya se trate de nuestra historia personal o de la historia del antiguo Israel. Y ojalá que tengamos en cuenta las palabras de mi profesora de historia en la secundaria, la señora Allen: “Hay dos cosas que uno puede hacer con la historia: Ignorarla o aprender de ella.”

Aprender del pasado puede ser duro, pero seguir en la ignorancia es costoso. Es mejor aprender estas invalorables lecciones hoy, que ponerse a buscar centavos en el ardiente desierto el día de mañana.

 

Aprender del pasado puede ser duro, pero seguir en la ignorancia es costoso.—Charles R. Swindoll