No cejaré en la batalla

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«Entonces Jehová habló a Moisés y a Aarón y les dio mandamiento para los hijos de Israel, y para Faraón rey de Egipto, para que sacasen a los hijos de Israel de la tierra de Egipto.» (Éxodo 6:13)

Después de que Dios le dijo a Moisés lo que el mismo Señor haría, añadió: “Tienes que creerlo. Te ordeno que hagas esto.” “Entonces el SEÑOR habló a Moisés y a Aarón, y les dio mandamiento para los hijos de Israel y para el faraón rey de Egipto, a fin de sacar a los hijos de Israel de la tierra de Egipto” (y. 13).

Dios estaba diciendo: “Esto es lo que va a suceder. Los israelitas saldrán de Egipto. No son ilusiones ni palabras bonitas. Eso es lo que yo me he propuesto hacer. Prepárense para ejecutar el plan.”

Muchas veces, la flecha que atraviesa nuestra alma en su punto más débil es nuestra incredulidad. Sabemos bien lo que Dios ha dicho, pero hace falta que pongamos en acción la fe, que comencemos a poner en práctica lo que Él nos ha dicho que hagamos. Es en esa fracción de segundo de vacilación que se pierde o se gana la batalla.

Debemos orar de la siguiente manera, aunque sintamos que no queremos volver a orar nunca más: “Señor, no me siento con ganas de orar en este momento, pero escucha mi oración de todos modos. Señor, voy a creer en ti, aunque aumente la marea y yo esté ya ansioso. Voy a creer en ti, aunque parezca que te estás tomando toda la eternidad para cumplir tu promesa. Voy a creer en ti, aunque he llegado al límite de mis fuerzas, al fin de mis esperanzas y mis planes se han vuelto añicos. No buscaré un atajo. No confiaré en una alternativa carnal. No cejaré en la batalla. ¡Voy a creer en ti!”

La promesa de Dios a Moisés es también para nosotros hoy en día: “Porque yo soy quien soy, haré lo que sea mejor para ti.” No hay un día en este mundo, no importa lo gris que se presente, que no pueda ser mejor si nos aferramos a esa convicción confiada.