Y la respuesta es . . .

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«Entonces Moisés respondió diciendo: He aquí que ellos no me creerán, ni oirán mi voz; porque dirán: No te ha aparecido Jehová. Y Jehová dijo: ¿Qué es eso que tienes en tu mano? Y él respondió: Una vara.El le dijo: Echala en tierra. Y él la echó en tierra, y se hizo una culebra; y Moisés huía de ella. Entonces dijo Jehová a Moisés: Extiende tu mano, y tómala por la cola. Y él extendió su mano, y la tomó, y se volvió vara en su mano. Por esto creerán que se te ha aparecido Jehová, el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob.Le dijo además Jehová: Mete ahora tu mano en tu seno. Y él metió la mano en su seno; y cuando la sacó, he aquí que su mano estaba leprosa como la nieve.Y dijo: Vuelve a meter tu mano en tu seno. Y él volvió a meter su mano en su seno; y al sacarla de nuevo del seno, he aquí que se había vuelto como la otra carne.Si aconteciere que no te creyeren ni obedecieren a la voz de la primera señal, creerán a la voz de la postrera. Y si aún no creyeren a estas dos señales, ni oyeren tu voz, tomarás de las aguas del río y las derramarás en tierra; y se cambiarán aquellas aguas que tomarás del río y se harán sangre en la tierra. Entonces dijo Moisés a Jehová: !!Ay, Señor! nunca he sido hombre de fácil palabra, ni antes, ni desde que tú hablas a tu siervo; porque soy tardo en el habla y torpe de lengua.»(Éxodo 4:1-10 )

Moisés dice: “Pero Señor, yo no puedo ser tu representante en esta situación. Yo no tendría ninguna respuesta que dar cuando esa gente comience a bombardearme con preguntas.”

Antes de que examinemos la respuesta del Señor, detengámonos un momento para pensar en esta inaceptable excusa. Tiene algo que nos suena familiar ¿verdad que sí? Es el pretexto que dan muchos creyentes hoy en día. “Señor, no puedo hacer eso porque me voy a meter en un lío, y después no sabré qué decir. Alguien me preguntará: ¿Y qué de los paganos que habitan en África, y que nunca han oído del plan de Dios? o ¿Cómo cupieron los dinosaurios en el arca de Noé? No voy a saber qué responder. No sabré qué decir, voy a quedar como un ridículo y un estúpido ante los ojos de las demás personas. No, no puedo hacerlo, Señor. ¿Ves que tengo razón, no? Es que, simplemente, no tengo todas las respuestas.”

Quizás usted recuerde lo que era tener en la escuela secundaria o en la universidad a un profesor que se enredó una vez en una argumentación carente de lógica. Estaba equivocado, y todo el mundo lo sabía, pero él se negaba tercamente a reconocerlo. ¿Y qué hizo usted? Lo más probable es que comenzara a atacarlo con una serie de hechos. ¿Por qué lo hizo? Porque hay algo dentro de nosotros que quiere que la otra persona simplemente admita: “Sí, estaba equivocado.”

Personalmente nunca le he perdido el respeto a una persona que me haya respondido a una pregunta, diciendo: “Simplemente no sé.” En cambio, sí les he perdido mucho el respeto a los que sabiendo que estaban equivocados, y que también sabían que yo sabía que lo estaban, se negaron a reconocerlo.

Le tengo esta pregunta: ¿Por qué sentimos que debemos saber todas las respuestas? Respuesta: Por el orgullo. El orgullo nos dice: “Si no tengo una respuesta a flor de labios, si digo que no sé, se reirán de mí.” Pero eso no es cierto en absoluto. Las personas inteligentes y consideradas no se reirán; entenderán, pues ellos saben que nadie tiene todas las respuestas.