Entrega abnegada

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«Oyendo Faraón acerca de este hecho, procuró matar a Moisés; pero Moisés huyó de delante de Faraón, y habitó en la tierra de Madián.Y estando sentado junto al pozo, siete hijas que tenía el sacerdote de Madián vinieron a sacar agua para llenar las pilas y dar de beber a las ovejas de su padre. Mas los pastores vinieron y las echaron de allí; entonces Moisés se levantó y las defendió, y dio de beber a sus ovejas. Y volviendo ellas a Reuel su padre, él les dijo: ¿Por qué habéis venido hoy tan pronto? Ellas respondieron: Un varón egipcio nos defendió de mano de los pastores, y también nos sacó el agua, y dio de beber a las ovejas. Y dijo a sus hijas: ¿Dónde está? ¿Por qué habéis dejado a ese hombre? Llamadle para que coma. Y Moisés convino en morar con aquel varón; y él dio su hija Séfora por mujer a Moisés. Y ella le dio a luz un hijo; y él le puso por nombre Gersón, porque dijo: Forastero[a] soy en tierra ajena.Aconteció que después de muchos días murió el rey de Egipto, y los hijos de Israel gemían a causa de la servidumbre, y clamaron; y subió a Dios el clamor de ellos con motivo de su servidumbre. Y oyó Dios el gemido de ellos, y se acordó de su pacto con Abraham, Isaac y Jacob. Y miró Dios a los hijos de Israel, y los reconoció Dios.»  (Éxodo 2:15-25 )

Footnotes:

  1. Éxodo 2:22 Heb. ger.

 

Moisés, el príncipe de Egipto, alias el Príncipe Azul, ¿abrevando  animales? ¿por qué razón? Porque acababa de sufrir la humillación más grande que uno pudiera imaginar. A esas alturas, el hombre estaba listo para hacer cualquier cosa. Pero, ¿no es interesante que en este incidente se lo permitiera a Moisés ser un libertador en una escala inmensamente más pequeña? Él había pensado antes que iba a ser el libertador de toda una nación. Tenía sueños grandiosos  y planes maravillosos. Pero esta vez Dios le dijo: “¿Querías un trabajo como libertador? Entonces, ponte de pie y hazlo, hijo. Comienza aquí. Hay siete mujeres aquí en Madián que necesitan un héroe en este momento”.

Moisés pudo no haber hecho nada. Pudo haber dicho: “¡Ah, olvídense! ya no estoy para eso de salvar a nadie, que lo haga otro”. Pero no lo hizo. Fue aquí donde Moisés dio el primer paso para convertirse en un hombre de entrega abnegada. Las jóvenes más tarde le dirían a su padre: “Un hombre egipcio nos libró de mano de los pastores, y también nos sacó agua y dio de beber a las ovejas” (v.19).

La  siguiente reflexión me conmueve. Si usted no puede hacer todo el bien que quisiera, haga  entonces el bien que sí puede.  Es posible que usted tenga planes importantes para su vida, grandes planes que todavía no se han cumplido. Iba a escribir un libro que iba a ser el libro del año, pero la oportunidad todavía no se le ha presentado. ¿Está, entonces, dispuesto a escribir para el boletín de su iglesia?

Quizás usted quería enseñar en un Seminario o en un instituto Bíblico, pero las presiones de la vida lo obligaron a ir en una dirección diferente. ¿Está, entonces, dispuesto a enseñar una clase de niños en la Escuela Dominical? ¿Aceptaría dirigir un estudio bíblico para un grupo pequeño? ¿Es, en realidad, la enseñanza lo que le gusta hacer, o es el prestigio asociado con la profesión?

Es que el fracaso nos enseña a tener una actitud de siervos. ¿Qué es lo que hace un siervo? Hace “lo que se le mande hacer”.  Hace lo que está a la mano, y está listo para hacerlo. Quienes no tienen esa actitud se resisten a ensuciarse las manos, nunca quieren involucrarse en el difícil trabajo de lidiar con la gente.

Siempre quieren la parte suave, la parte popular. ¿Pero qué de la parte difícil y entre bambalinas? Bueno, que le den eso a otra persona.

Dios, sin embargo, usará nuestros fracasos nuestras frustraciones para cultivar en nosotros un espíritu de siervos. Ese es el primer paso.  Es una parte muy importante de todo el proceso.

Dios usa nuestros fracasos para cultivar en nosotros un espíritu de siervos.—Charles R. Swindoll