Calor, pero nada de luz

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«En aquellos días sucedió que crecido ya Moisés, salió a sus hermanos, y los vio en sus duras tareas, y observó a un egipcio que golpeaba a uno de los hebreos, sus hermanos. Entonces miró a todas partes, y viendo que no parecía nadie, mató al egipcio y lo escondió en la arena. Al día siguiente salió y vio a dos hebreos que reñían; entonces dijo al que maltrataba al otro: ¿Por qué golpeas a tu prójimo? Y él respondió: ¿Quién te ha puesto a ti por príncipe y juez sobre nosotros? ¿Piensas matarme como mataste al egipcio? Entonces Moisés tuvo miedo, y dijo: Ciertamente esto ha sido descubierto.» (Éxodo 2:11-14 )

«En aquel mismo tiempo nació Moisés, y fue agradable a Dios; y fue criado tres meses en casa de su padre. Pero siendo expuesto a la muerte, la hija de Faraón le recogió y le crió como a hijo suyo. Y fue enseñado Moisés en toda la sabiduría de los egipcios; y era poderoso en sus palabras y obras. Cuando hubo cumplido la edad de cuarenta años, le vino al corazón el visitar a sus hermanos, los hijos de Israel. Y al ver a uno que era maltratado, lo defendió, e hiriendo al egipcio, vengó al oprimido. Pero él pensaba que sus hermanos comprendían que Dios les daría libertad por mano suya; mas ellos no lo habían entendido así. Y al día siguiente, se presentó a unos de ellos que reñían, y los ponía en paz, diciendo: Varones, hermanos sois, ¿por qué os maltratáis el uno al otro? Entonces el que maltrataba a su prójimo le rechazó, diciendo: ¿Quién te ha puesto por gobernante y juez sobre nosotros? ¿Quieres tú matarme, como mataste ayer al egipcio? Al oír esta palabra, Moisés huyó, y vivió como extranjero en tierra de Madián, donde engendró dos hijos.» (Hechos 7:20-29 )

Moisés creía que él iba a ser el libertador, muchos años antes de recibir su comisión junto a la zarza ardiente. Suponía que todo el mundo lo reconocería.
El pasaje continúa, diciéndonos: “Al día siguiente, él se presentó a unos que estaban peleando…» (Hechos 7:26).

¿Por qué volvió Moisés a la escena del crimen? Pienso que regresó para llevar a cabo su plan. Había probado su lealtad a los hebreos matando a un funcionario egipcio. Ese era el Plan “A.” Ahora vendría el Plan “B.” Volvería a la escena de su acción para formar un ejército con sus seguidores. Pero estos no le hicieron caso. De hecho, no le mostraron el más mínimo respeto. “Entonces, el que maltrataba a su prójimo le rechazó, diciendo: ¿Quién te ha puesto por gobernador sobre nosotros?” (Hechos 7:27).

¡Cómo debieron haber herido estas palabras a un hombre que acababa de arriesgarlo todo!

Era un plan muy simple, ¿no le parece? una premisa sencilla. Si usted es un líder espiritual, la gente espiritual le seguirá. Eso es lo que sucede con cualquier líder. Si usted conoce a la gente, esta le seguirá. Pero ellos no siguieron a Moisés. En ese momento, el príncipe de Egipto estaba solo. Había llegado la hora de pagar la factura por su carnalidad.

Seamos sinceros. ¿Alguna vez ha experimentado usted algo así? La mayoría de nosotros sí. Usted lo tiene todo listo para hacer algo grande para Dios. Ha fijado las metas. Ha invertido tiempo y dinero. Lo ha compartido con mucha gente. Pero por más doloroso que nos resulte reconocerlo, las metas que no han sido empapadas con la oración ni presentadas primero al Señor con humildad, resultan totalmente inútiles. No llegan a ninguna parte, no logran nada. Generan calor pero nada de luz. Y usted queda confundido y derrotado.

Conclusión: Si usted se está moviendo en la energía de la carne, sus esfuerzos están condenados al fracaso. Pero si le pide con fe al Señor que le indique el siguiente paso, si espera humildemente en Él, Dios le abrirá las puertas o se las cerrará, y usted podrá descansar y estar tranquilo hasta que Él le diga: “Ve.”

 

Si le pide al Señor con fe el siguiente paso, Él le abrirá o cerrará puertas.—Charles R. Swindoll