Sigamos adelante

camino

«En aquellos días sucedió que crecido ya Moisés, salió a sus hermanos, y los vio en sus duras tareas, y observó a un egipcio que golpeaba a uno de los hebreos, sus hermanos. Entonces miró a todas partes, y viendo que no parecía nadie, mató al egipcio y lo escondió en la arena. Al día siguiente salió y vio a dos hebreos que reñían; entonces dijo al que maltrataba al otro: ¿Por qué golpeas a tu prójimo? Y él respondió: ¿Quién te ha puesto a ti por príncipe y juez sobre nosotros? ¿Piensas matarme como mataste al egipcio? Entonces Moisés tuvo miedo, y dijo: Ciertamente esto ha sido descubierto.» (Éxodo 2:11-14 )

Según Éxodo 2:12. Moisés escondió el cadáver del egipcio asesinado. Pero, al día siguiente, el asunto se encontraba en todos los periódicos. Encontraron al egipcio. Unos pocos centímetros en la arena suelta y no podían ocultar nada.

Moisés tuvo que reconocer que el mal no se borra ocultándolo. Y yo estoy convencido de que, a partir de ese momento, Moisés tomó la decisión de no volver a encubrir nada otra vez. Sería transparente. Sería honesto, sin importarle los riesgos de la vulnerabilidad. No seguiría escondiendo nada.

En algún momento de mi ministerio, voy a hacer acopio de valentía para tener un tiempo de testimonios en el que lo único que compartiremos serán nuestros fracasos. ¿No sería eso algo diferente? ¿Ha estado usted alguna vez en una reunión de testimonios donde todo el mundo parecía estar en el séptimo cielo, y usted se encontraba en el túnel más profundo? Uno tras otro hablaba de estar en las nubes, mientras que usted estaba en lo más bajo. ¿Por qué no visitamos también el otro lado? ¿Por qué no tomar el micrófono y decir: “Cuándo fue la última vez que usted sufrió un debilitamiento en su salud, o un deterioro económico o emocional? ¿Puede usted compartir con los demás lo que es experimentar una gran frustración?”

Lejos de ser una experiencia deprimente, tengo el presentimiento de que pudiera ser un gran consuelo para muchas personas que se sienten totalmente solas en sus luchas. Muchos de nosotros creemos que tenemos que ocultar nuestros fracasos, creyendo que nadie más puede haber fallado tanto como nosotros. Algunos, incluso, hasta temen hablar con Dios de esto, por el temor de que Él esté tan desinteresado de nosotros como imaginamos que lo estarán los demás.

Pero Él no es así en absoluto. Cuando sufrimos una caída vergonzosa y clamamos a Él en medio de nuestro bochorno y desazón, el salmista dice que el Señor “inclina su oído” hacia nosotros. Se encorva para escucharnos. Le decimos: “¡Oh, Padre, he fracasado! He fracasado terriblemente. ¡Mira lo que he hecho!” Es entonces cuando Él nos rodea con sus brazos, como lo haría un padre terrenal, y luego nos dice: “Te acepto tal como eres, acepto que lo que hiciste estuvo mal, como me lo has confesado. Pero ahora, hijo mío, hija mía, sigamos adelante.”