El tiempo de Dios

1okb49«En aquellos días sucedió que crecido ya Moisés, salió a sus hermanos, y los vio en sus duras tareas, y observó a un egipcio que golpeaba a uno de los hebreos, sus hermanos.Entonces miró a todas partes, y viendo que no parecía nadie, mató al egipcio y lo escondió en la arena.Al día siguiente salió y vio a dos hebreos que reñían; entonces dijo al que maltrataba al otro: ¿Por qué golpeas a tu prójimo?Y él respondió: ¿Quién te ha puesto a ti por príncipe y juez sobre nosotros? ¿Piensas matarme como mataste al egipcio? Entonces Moisés tuvo miedo, y dijo: Ciertamente esto ha sido descubierto.» (Éxodo 2:11-14 )

 

Estoy convencido de que la intención de Moisés fue más que lucirse. Creo que fue absolutamente sincero. Él no se vio a sí mismo como el homicida de un cruel capataz, sino más bien como alguien que valientemente había asestado un golpe en defensa del pueblo de Dios. El deseo de actuar con justicia se apoderó de él. ¿Cuál fue su problema? Que se consagró a la voluntad de Dios, pero no al Dios dueño de esa voluntad.

Pensemos bien en esto. Usted y yo podemos consagrarnos tanto a hacer la voluntad de Dios, podemos estar tan motivados por un obcecado sentido de propósito, que podemos involuntariamente tomar las cosas en nuestras propias manos y dejar a Dios completamente fuera de escena. ¿Le ha sucedido esto alguna vez?

¿Necesitaba ser escarmentado ese cruel capataz? Por supuesto que sí. ¿Estuvo mal que golpeara a ese hebreo como lo hizo? Por supuesto. Pero cuando Moisés intervino y comenzó su propia “Operación rescate,” fue movido por la carne y no por el Espíritu.

Esto les puede suceder muy fácilmente a las personas buenas, a hombres y mujeres con los motivos más elevados y las mejores intenciones. Imagine lo siguiente: Usted es un maestro talentoso y muy capacitado, y en lo más profundo de su corazón ansía estar de nuevo frente a unos alumnos. Quiere, con toda su alma, sentir ese atril debajo de sus manos y las mentes de esos ansiosos estudiantes absorbiendo su conocimiento. Y de repente, aparentemente, como caída del cielo, se presenta la oportunidad. Si usted no la ve, hermano mío, se encontrará después abriéndose camino a codazos por esa “puerta abierta.”

Mientras tanto, Dios está esperando que usted busque su dirección. Si actúa sin discernir el tiempo del Señor, puede perder la sonrisa del favor divino. Dios no bendecirá lo que Él no ha dispuesto. Usted puede sentir verdaderamente que Dios quiere que usted logre algo en cierta área. Pero si no está vigilante, si no se está humillando cada día delante de Él, buscando su rostro, discerniendo su tiempo, actuando bajo el control del Espíritu, se apresurará y se obligará prematuramente a llegar a ese punto donde Dios quería que estuviera, pero no habrá llegado en el tiempo de Él.

 

Dios no bendecirá lo que Él no ha dispuesto.—Charles R. Swindoll