La bisagra de la historia

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«Estos son los nombres de los hijos de Israel que entraron en Egipto con Jacob; cada uno entró con su familia:Rubén, Simeón, Leví, Judá, Isacar, Zabulón, Benjamín,Dan, Neftalí, Gad y Aser. Todas las personas que le nacieron a Jacob fueron setenta. Y José estaba en Egipto. Y murió José, y todos sus hermanos, y toda aquella generación. Y los hijos de Israel fructificaron y se multiplicaron, y fueron aumentados y fortalecidos en extremo, y se llenó de ellos la tierra. Entretanto, se levantó sobre Egipto un nuevo rey que no conocía a José; y dijo a su pueblo: He aquí, el pueblo de los hijos de Israel es mayor y más fuerte que nosotros. Ahora, pues, seamos sabios para con él, para que no se multiplique, y acontezca que viniendo guerra, él también se una a nuestros enemigos y pelee contra nosotros, y se vaya de la tierra. Entonces pusieron sobre ellos comisarios de tributos que los molestasen con sus cargas; y edificaron para Faraón las ciudades de almacenaje, Pitón y Ramesés. Pero cuanto más los oprimían, tanto más se multiplicaban y crecían, de manera que los egipcios temían a los hijos de Israel.» (Éxodo 1:1-12)

 

El pequeño Moisés abrió sus ojos a un mundo muy diferente al nuestro. Aunque ni su madre ni su padre lo sabían, el nacimiento de este varoncito dio inicio a una serie de acontecimientos que cambiarían el curso de las naciones y que determinarían el destino de millones. Ese nacimiento le daría un viraje, como una bisagra, a la historia. El mundo jamás volvería a ser completamente el mismo otra vez.

Llegó el día en que, después de las muertes de José y del faraón que lo encumbró, un nuevo faraón subiría al trono. Él también gobernaría, y luego pasaría la corona al siguiente faraón. Finalmente, después de varios siglos, el nombre de José se volvería prácticamente desconocido. Pocos recordaban el terrible tiempo de la hambruna. Menos recordaban los océanos dorados de trigo almacenado. Nadie recordaba que un joven y sabio primer ministro judío había surgido del anonimato para salvar al país. Esa era historia antigua. Irrelevante. ¿Y la política bilateral que se había establecido entre José y un faraón muerto hacía ya mucho tiempo? Fue olvidada por completo.

Este nuevo faraón despreciaba a la creciente población hebrea. ¿Cómo habían llegado a Egipto? Nadie estaba seguro; los informes habían sido puestos en algún oscuro y polvoriento archivo.

Pero había algo acerca de estos prolíficos hebreos que no se podía ignorar: parecían ser una amenaza. No era nada agradable estar cerca de un faraón que se sentía amenazado.

Los egipcios veían al creciente número de los israelitas (un “pueblo numeroso”, como los llamaba el faraón) con temor. La palabra hebrea traducida como “temor” es kootz. Significa “sentir aborrecimiento y horror, una sensación desagradable.” Cuando los funcionarios de Egipto notaron que la población hebrea aumentaba cada vez más, mes tras mes y año tras año, tenían una sensación desagradable en la boca del estómago. De haber existido cafeterías en ese tiempo, los egipcios se habrían sentado alrededor de esas pequeñas mesas y habrían comentado mientras tomaban un café con leche: “Este problema se nos está yendo de las manos. Nuestro plan demográfico no está funcionando. ¡Tenemos que impedir que esta gente siga creciendo! Si no le ponemos límite a estos extranjeros ahora mismo, estarán gobernando el país dentro de pocos años.”

Entonces comenzaron los mazazos, y la brutalidad fue cada vez mayor.

Cuando el faraón vio que las duras condiciones de la esclavitud no lograban su fin, avanzó un terrible grado más en el dial de la persecución.

El infanticidio.