Gracia para con los culpables

bendiciones-de-dios «José ya no podía contenerse más delante de todos los que estaban en su presencia, y gritó:—¡Que salgan todos de mi presencia!Nadie quedó con él cuando se dio a conocer a sus hermanos. Entonces se puso a llorar a gritos, y lo oyeron los egipcios. Y fue oído también en la casa del faraón.  José dijo a sus hermanos:—Yo soy José. ¿Vive aún mi padre?Sus hermanos no pudieron responderle, porque estaban aterrados delante de él.  Entonces José dijo a sus hermanos:—Acérquense a mí, por favor.Ellos se acercaron, y él les dijo:—Yo soy José su hermano, el que vendieron para Egipto.  Ahora pues, no se entristezcan ni les pese el haberme vendido acá, porque para preservación de vida me ha enviado Dios delante de ustedes.  Ya han transcurrido dos años de hambre en medio de la tierra, y todavía quedan cinco años en que no habrá ni siembra ni siega. Pero Dios me ha enviado delante de ustedes para preservarles posteridad en la tierra, y para darles vida mediante una gran liberación. Así que no me enviaron ustedes acá, sino Dios, que me ha puesto como protector del faraón, como señor de toda su casa y como gobernador de toda la tierra de Egipto.» (Génesis 45:1-8 )

Humanamente hablando, el individuo promedio, cuando se enfrenta a una persona que le ha hecho algún mal, lo que probablemente haría es fruncir el ceño y exigir: “¡Ponte de rodillas y quédate allí! Ahora vas a saber lo que es la humillación. Espera hasta que te dé tu merecido. ¡Todos estos años de sufrimiento he estado esperando por este momento!”

Pero José no actuó así. Él también era un hombre cambiado. Era el hombre de Dios, lo que significa que era un gran hombre. Por eso, con el apoyo del brazo del Señor, pudo ver la angustia que había en los ojos de sus hermanos, y decir con sinceridad: “Ahora pues, no os entristezcáis ni os pese el haberme vendido acá, porque para preservación de vida me ha enviado Dios delante de vosotros” (Génesis 45:5). Permítame que interrumpa por un momento el flujo de los acontecimientos, para preguntarle: ¿Actuó José desde la perspectiva vertical, o no?

“¡Me ha enviado Dios!” Esas cuatro palabras lo cambian todo.

José no habría podido decir estas palabras de confianza si no hubiera perdonado de todo corazón a sus hermanos. Uno no puede abrazar a una persona que no ha perdonado totalmente. José no vio a sus hermanos como enemigos, porque su perspectiva había cambiado. “Ustedes no me enviaron aquí”, dijo. “Fue Dios quien me envió. Y me envió por una razón: para salvar vidas.”

Me encantan estas palabras. Dicho con términos de hoy en día, sería: “Ustedes no son los responsables de esto, sino Dios. Fue mi soberano Señor quien vio el futuro y las necesidades de este mundo, y por eso me eligió como su mensajero personal para resolver el problema de hambre que habría en el futuro. Ustedes pensaron que me estaban haciendo un mal, pero les digo que fue Dios quien actuó más allá de las malas intenciones de ustedes para salvar vidas”.

Y lo repite: “Así que no me enviasteis vosotros acá, sino Dios”. ¡Sino Dios! Subraye esto. “Me ha enviado Dios.” José era un hombre que conducía su vida, siempre, con una perspectiva divina.

Uno no puede abrazar a una persona que no ha perdonado totalmente.—Charles R. Swindoll