Examen final, primera parte

bible-wallpapers-2-4-s-307x512«Mandó José al mayordomo de su casa, diciendo: Llena de alimento los costales de estos varones, cuanto puedan llevar, y pon el dinero de cada uno en la boca de su costal. Y pondrás mi copa, la copa de plata, en la boca del costal del menor, con el dinero de su trigo. Y él hizo como dijo José. Venida la mañana, los hombres fueron despedidos con sus asnos.Habiendo ellos salido de la ciudad, de la que aún no se habían alejado, dijo José a su mayordomo: Levántate y sigue a esos hombres; y cuando los alcances, diles: ¿Por qué habéis vuelto mal por bien? ¿Por qué habéis robado mi copa de plata? ¿No es ésta en la que bebe mi señor, y por la que suele adivinar? Habéis hecho mal en lo que hicisteis. Cuando él los alcanzó, les dijo estas palabras. Y ellos le respondieron: ¿Por qué dice nuestro señor tales cosas? Nunca tal hagan tus siervos. He aquí, el dinero que hallamos en la boca de nuestros costales, te lo volvimos a traer desde la tierra de Canaán; ¿cómo, pues, habíamos de hurtar de casa de tu señor plata ni oro? Aquel de tus siervos en quien fuere hallada la copa, que muera, y aun nosotros seremos siervos de mi señor. Y él dijo: También ahora sea conforme a vuestras palabras; aquel en quien se hallare será mi siervo, y vosotros seréis sin culpa. Ellos entonces se dieron prisa, y derribando cada uno su costal en tierra, abrió cada cual el costal suyo.Y buscó; desde el mayor comenzó, y acabó en el menor; y la copa fue hallada en el costal de Benjamín.Entonces ellos rasgaron sus vestidos, y cargó cada uno su asno y volvieron a la ciudad. Vino Judá con sus hermanos a casa de José, que aún estaba allí, y se postraron delante de él en tierra. Y les dijo José: ¿Qué acción es esta que habéis hecho? ¿No sabéis que un hombre como yo sabe adivinar? Entonces dijo Judá: ¿Qué diremos a mi señor? ¿Qué hablaremos, o con qué nos justificaremos? Dios ha hallado la maldad de tus siervos; he aquí, nosotros somos siervos de mi señor, nosotros, y también aquel en cuyo poder fue hallada la copa.» ( Génesis 44:1-16 )

Los hijos de Jacob no estaban lejos de la ciudad cuando miraron hacia atrás y vieron al administrador del primer ministro que los perseguía.

Una vez que les dio alcance, este los acusó de haber robado al líder egipcio. “¿Cómo pudieron ustedes cometer un acto tan indigno, después de haber sido tratados tan bien?”

Ellos no vacilaron en permitirle al administrador que revisara sus costales de comida, comenzando por Rubén, el mayor. ¡Y quién lo iba a decir! ¡Cuando el funcionario llegó al saco del menor, encontró la copa de plata en el costal de Benjamín!

Tuvieron, por supuesto, que regresar a la ciudad con el funcionario, donde fueron llevados de inmediato a la presencia del primer ministro. Fue Judá quien habló allí.

La confesión salida de boca de Judá fue asombrosa. Pero esto era precisamente lo que José estaba esperando; esta fue la razón por la que les había puesto este examen final, y lo aprobaron. En realidad, todos los hermanos obtuvieron la máxima calificación en la primera parte de la prueba.

Al hablar por sus hermanos, Judá no intentó justificarse a sí mismo ni a los otros, ni tampoco trató de achacar la culpa a Benjamín. A diferencia de otras ocasiones, no se volvieron contra Benjamín para rechazarlo, como lo habían hecho con José años atrás. Judá dice, bien claro, que todos ellos eran culpables.

Dada la historia de los hermanos, esta es una confesión asombrosa. Se había comenzado a producir un verdadero cambio en su actitud. ¡Piense en el hecho de que estas palabras estaban saliendo de la boca y el corazón de Judá!

José quería saber si sus hermanos eran capaces de ver la mano de Dios en su vida diaria, aun en las cosas que parecían injustas. Incluso en la desgracia y en la muerte. Quería saber si su perspectiva vertical era clara. Y ahora escuchaba esta confesión que salía de la boca de Judá, quien puso la culpa sobre los hombros de todos. “Hemos sido atrapados delante de Dios. Somos culpables. Nuestra maldad ha sido descubierta.»

Creo que con su confesión, Judá estaba sin lugar a dudas volviendo 20 años atrás, y refiriéndose a aquel momento cuando no sólo odiaban a su hermano José, sino que también se volvieron contra él y lo vendieron como esclavo. De no haber sido por Rubén, lo habrían asesinado. Esto atormentaba ahora a esos hombres. Judá había comenzado a darse cuenta de que Dios no pasaba por alto la falta de arrepentimiento por un delito.