Un banquete de gracia

banquete«Y lavó su rostro y salió, y se contuvo, y dijo: Poned pan. Y pusieron para él aparte, y separadamente para ellos, y aparte para los egipcios que con él comían; porque los egipcios no pueden comer pan con los hebreos, lo cual es abominación a los egipcios. Y se sentaron delante de él, el mayor conforme a su primogenitura, y el menor conforme a su menor edad; y estaban aquellos hombres atónitos mirándose el uno al otro. Y José tomó viandas de delante de sí para ellos; mas la porción de Benjamín era cinco veces mayor que cualquiera de las de ellos. Y bebieron, y se alegraron con él.» ( Génesis 43:31-34 )

Los hermanos de José estaban asombrados por la manera cómo estaban siendo tratados. Habían esperado que les sucedieran muchas cosas, incluso la muerte, pero ciertamente no esto. Ahora estaban aquí, sentados de mayor a menor; comiendo con el primer ministro. ¡Y qué banquete! Les sirvieron ensaladas frescas, chuletas, pescado frito, patatas rellenas horneadas, torta de maíz, frijoles y grandes vasos de té frío. Además de eso, el primer ministro les puso más comida de su propia mesa.

Curiosamente, a Benjamín le sirvieron cinco veces el tamaño de la porción de los demás hombres. Estos hambrientos hebreos deben haber pensado que se habían muerto y que estaban en el cielo. Y Benjamín pudo haber pensado: Sé que soy flaco, pero esto no tiene pies ni cabeza. ¿Qué es lo que está pasando aquí?

A estas alturas, José estaba totalmente embelesado. ¡Este es Benjamín¡ ¡Mi hermano! Estaba tan extasiado, tan rebosante de alegría, que simplemente mandó que le sirvieran más y más comida. Era como algo que un hermano mayor haría por su hermano menor al que no ha visto por muchos años, ¿no? ¡Especialmente, cuando el mayor está lleno de perdón y gracia!

Es admirable cómo las acciones de gracia de José liberaron a todos los que estaban alrededor de las mesas. Al principio, había sentimientos de ansiedad y temor porque estaban atrapados en su culpa. Su temor no conocía límites cuando regresaron a Egipto, preguntándose qué enfrentarían.

En poco tiempo, se vieron tratados amablemente, sentados a la mesa de un banquete, con abundante comida y, nada menos, que gozándose con la placentera presencia de la realeza. ¡Qué alivio! Mejor aún, ¡qué gracia! Eran los recipientes de una benevolencia que no se habían ganado, y de una bondad que no merecían. Y habían sido abrumados con una abundancia de provisiones que ellos jamás podrían pagar. ¿Puede alguien sorprenderse de que estuvieran asombrados, y de que ya no tuvieran ningún temor? Su temor había sido desplazado por la gracia. ¿Por qué? Por una razón: José.

Este gran hombre, aunque ellos todavía no sabían que era su hermano, tomó la resolución de perdonar el maltrato recibido por parte de ellos, y, por el contrario, demostrarles una singular gracia. En vez de recordarles el mal que le hicieron y de obligarlos a pagar por su crueldad y todas las injusticias que sufrió en los años pasados, les mostró una benevolencia extrema. Esta reunión fue, en realidad, un banquete de gracia —manifestada al máximo— gracias a José, un hombre de integridad y perdón.