Una respuesta tranquilizadora

desaba2«Y vio José a Benjamín con ellos, y dijo al mayordomo de su casa: Lleva a casa a esos hombres, y deg:uella una res y prepárala, pues estos hombres comerán conmigo al mediodía. E hizo el hombre como José dijo, y llevó a los hombres a casa de José. Entonces aquellos hombres tuvieron temor, cuando fueron llevados a casa de José, y decían: Por el dinero que fue devuelto en nuestros costales la primera vez nos han traído aquí, para tendernos lazo, y atacarnos, y tomarnos por siervos a nosotros, y a nuestros asnos. Y se acercaron al mayordomo de la casa de José, y le hablaron a la entrada de la casa. Y dijeron: Ay, señor nuestro, nosotros en realidad de verdad descendimos al principio a comprar alimentos. Y aconteció que cuando llegamos al mesón y abrimos nuestros costales, he aquí el dinero de cada uno estaba en la boca de su costal, nuestro dinero en su justo peso; y lo hemos vuelto a traer con nosotros.Hemos también traído en nuestras manos otro dinero para comprar alimentos; nosotros no sabemos quién haya puesto nuestro dinero en nuestros costales. El les respondió: Paz a vosotros, no temáis; vuestro Dios y el Dios de vuestro padre os dio el tesoro en vuestros costales; yo recibí vuestro dinero. Y sacó a Simeón a ellos.» (Génesis 43:16-23)

El sentimiento de culpa siempre nos delata. Eso fue, por cierto, lo que les sucedió a los hermanos de José. De pie frente a un servidor egipcio anónimo y afable, a quien jamás habían visto en su vida, derramaron su confesión.

“No sabemos cómo llegó el dinero a nuestros sacos la primera vez, pero aquí está. Lo hemos traído de regreso. También trajimos más dinero para comprar más comida. Por eso estamos aquí… para comprar más comida.”

Me encanta la respuesta tranquilizadora del administrador: “Paz a vosotros”, les dijo. La Biblia hebrea dice, simplemente: Shalom. El administrador, que conocía el idioma de ellos, utilizó su palabra que significa paz. Lo que dijo, en realidad, fue: “Hey, hombres, shalom, la paz sea con vosotros. Calmaos. No tengáis miedo.” Y luego este egipcio incluso les testifica del Dios de ellos: “El Dios de vosotros es quien puso el dinero en vuestros costales. Nadie piensa que vosotros lo robasteis. Yo sé lo que sucedió; fui yo quien lo puso allí. Yo era quien tenía el dinero de vosotros. Era un dinero de Elohim, el Dios de vuestro padre”.

Estaban angustiados, pensando qué iba a suceder después. Pero el administrador les dijo: “iShalom! Elohim lo ha hecho otra vez.” ¡Qué reproche! Y, a propósito, qué sorpresa tan interesante que este servidor egipcio tuviera una teología tan correcta. Sin duda, esto era el resultado de la influencia de José a través de los años. Él personifica lo que vimos antes, la perspectiva vertical.

Los hermanos de José nunca habían pensado en vincular la devolución de su dinero con la abundante gracia de Dios. ¿Por qué razón? Porque el sentimiento de culpa les había impedido ver la mano misericordiosa de Dios en sus vidas. ¡Siempre es así! Pero el favor inmerecido de Dios se había demostrado en abundancia a ellos: trigo en abundancia, dinero en abundancia. Y ahora su hermano Simeón les es devuelto, sano y salvo. Misericordia en abundancia.

El sentimiento de culpa siempre nos delata.—Charles R. Swindoll