Corazones arrogantes y pies sucios

mujer-victoriosa-perseverante«Cuando llegó la hora, se sentó a la mesa, y con él los apóstoles.  Y les dijo:—¡Cuánto he deseado comer con ustedes esta Pascua antes de padecer!16 Porque les digo que no comeré más de ella hasta que se cumpla en el reino de Dios. Luego tomó una copa y, habiendo dado gracias, dijo:—Tomen esto y repártanlo entre ustedes 18 porque les digo que desde ahora[a] no beberé más del fruto de la vid hasta que venga el reino de Dios.Entonces tomó pan y, habiendo dado gracias, lo partió y les dio diciendo:—Esto es mi cuerpo[b] que por ustedes es dado. Hagan esto en memoria de mí. Asimismo, después de haber cenado, tomó también la copa y dijo:—Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre que por ustedes se derrama. »No obstante, he aquí la mano del que me entrega está conmigo en la mesa. 22 A la verdad, el Hijo del Hombre va según lo que está determinado, pero ¡ay de aquel hombre por quien es entregado! Entonces ellos comenzaron a preguntarse entre sí cuál de ellos sería el que habría de hacer esto. Hubo entre ellos una disputa acerca de quién de ellos parecía ser el más importante. Entonces él les dijo:—Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que tienen autoridad sobre ellas son llamados bienhechores. Pero entre ustedes no será así. Más bien, el que entre ustedes sea el importante, sea como el más nuevo; y el que es dirigente, como el que sirve.» (Lucas 22:14-26)

Footnotes:

  1. Lucas 22:18 Algunos mss. antiguos omiten desde ahora.
  2. Lucas 22:19 Algunos mss. antiguos no incluyen desde aquí hasta el final del v. 20.

«Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido.Entonces vino a Simón Pedro; y Pedro le dijo: Señor, ¿tú me lavas los pies?Respondió Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después. Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo. Le dijo Simón Pedro: Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza. Jesús le dijo: El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis, aunque no todos. Porque sabía quién le iba a entregar; por eso dijo: No estáis limpios todos. Así que, después que les hubo lavado los pies, tomó su manto, volvió a la mesa, y les dijo: ¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy.Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros.Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis.» (Juan 13:5-15 )

Nadie realmente comprendía la importancia de esa última cena. Nadie más que Jesús. Jesús sabía que “Su hora ya había llegado”. Él estaba viviendo en la sombra de la cruz, a menos de dieciocho horas.

Jesús les dijo a Sus discípulos: «He deseado comer esta cena de la Pascua con ustedes antes de que sufra». En medio de esta conversación, surgió una disputa entre los discípulos. Ellos discutían para saber quién de ellos era el mayor. ¡Una pelea ridícula en una noche tan solemne! ¡El reflejo de una arrogancia vergonzosa!

Mientras ellos discutían, oyeron el sonido del agua derramarse en un contenedor hecho de barro. Aquella persona que nadie esperaría tendría que hacer la tarea de un siervo, sin decir una palabra, se arrodilló frente a Mateo y empezó a lavarle sus pies. El agua fría pasó por encima de sus tobillos y a través y entre los dedos de los pies. Jesús secó los pies de Mateo con una toalla suave y luego pasó al siguiente discípulo.

El silencio llenó ese lugar. Los discípulos estaban dispuestos a pelear por el trono, pero ninguno peleó por la toalla. Sus corazones tenían arrogancia y sus pies estaban sucios. Jesús todavía tenía que enseñarle algunas verdades importantes, pero no podía hacerlo hasta que ellos reemplazarán su arrogancia con humildad.

Cuando Jesús se arrodilló ante Pedro para lavarle sus pies, él le dijo: «Nunca me lavarás los pies». A primera vista, la frase podría parecer una expresión de humildad pero su reacción era más bien una forma de arrogancia sutil. Alejó sus pies rehusando humillarse y permitir que Jesús sea quién era; un Siervo que vino a lavar el pecado de la arrogancia de todos ellos. La arrogancia no nos deja ser vulnerables y nos protege de ser expuestos.

Jesús le responde a Pedro: «Si no me dejas lavarte, no tendrás parte conmigo». Pedro inmediatamente entendió Sus palabras y se humilló.

Finalmente, Jesús guardó la toalla y el contenedor, cubrió Su túnica interior con Su prenda exterior, y se sentó a comer con ellos.

Si había alguien que tenía el derecho de sentirse orgulloso, era Jesús. Él nunca se contaminó con el pecado. Durante Su encarnación, nunca pecó. Llegó a Sus últimas horas en total obediencia habiendo cumplido la voluntad del Padre. No existe otro ser humano en la tierra que pueda llegar a la muerte de esa forma. Si Él hubiese querido, los ángeles hubiesen venido a mostrar su gloria, pero no lo hizo. Eso es lo que lo hace asombroso. Durante Su hora más crítica, Jesús se puso a lavar pies.