La controversia en el Templo

maxresdefault«“¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas! Porque cierran el reino de los cielos delante de los hombres. Pues ustedes no entran, ni dejan entrar a los que están entrando. [a], “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas! Porque recorren mar y tierra para hacer un solo prosélito y, cuando lo logran, le hacen un hijo del infierno dos veces más que ustedes. “¡Ay de ustedes, guías ciegos! Pues dicen: ‘Si uno jura por el santuario, no significa nada; pero si jura por el oro del santuario, queda bajo obligación’.» (Mateo 23:13-16 )

Footnotes:

  1. Mateo 23:14 Algunos manuscritos han aumentado, después del versículo 12 o del 13: 14 “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas! Porque devoran las casas de las viudas y como pretexto hacen largas oraciones. ¡Por esto recibirán mayor condenación!”; el texto es similar a Mar. 12:40 y Luc. 20:47.

La separación entre Jesús y los fariseos siempre ha sido más amplia que el gran cañón. Él vino a declarar la verdad pero ellos deseaban controlarlo todo. Ese tipo de personas mantienen una característica muy peculiar. Cuando no pueden controlar algo, intentan destruirlo.

Los fariseos anticipaban la llegada de un Mesías conquistador. Su tradición les decía que Él llegaría a Su templo de manera repentina. Y así fue. El Mesías había llegado pero no como ellos lo esperaban.

Jesús expresó allí la represión más fuerte registrada en la Escritura. Ocho veces Él usó la palabra, «Ay», una exclamación utilizada para expresar un dolor profundo con respecto a algo. En este caso, una denuncia enfática del pecado. Siete veces, Él dijo que los fariseos y los escribas eran hipócritas. Cinco veces les dijo que eran «ciegos». Y en esta dura reprensión, habló detalladamente del pecado de estos líderes religiosos que por muchos años había sido evidente y descarado. La hora había llegado. El verdadero Mesías había llegado a presentar la verdad en aquel lugar donde ella había sido pisoteada. ¡Como lo odiaban a través del amplio cañón!

Si no fuese por las miles de personas que respaldaban a Jesús, los fariseos le hubieran arrestado en ese momento. Gracias a Su inmensa popularidad, Jesús pudo viajar libremente por la ciudad y enseñar en el Templo sin ser asesinado. Sus enemigos tenían que atraparle mientras estaba solo y sin darse cuenta. Pero, para eso, necesitarían la ayuda de alguien que le conociera de cerca.