El momento decisivo

Peticiones--element50«Aconteció que pasados dos años tuvo Faraón un sueño. Le parecía que estaba junto al río; y que del río subían siete vacas, hermosas a la vista, y muy gordas, y pacían en el prado.Y que tras ellas subían del río otras siete vacas de feo aspecto y enjutas de carne, y se pararon cerca de las vacas hermosas a la orilla del río; y que las vacas de feo aspecto y enjutas de carne devoraban a las siete vacas hermosas y muy gordas. Y despertó Faraón. Se durmió de nuevo, y soñó la segunda vez: Que siete espigas llenas y hermosas crecían de una sola caña, y que después de ellas salían otras siete espigas menudas y abatidas del viento solano; y las siete espigas menudas devoraban a las siete espigas gruesas y llenas. Y despertó Faraón, y he aquí que era sueño. Sucedió que por la mañana estaba agitado su espíritu, y envió e hizo llamar a todos los magos de Egipto, y a todos sus sabios; y les contó Faraón sus sueños, mas no había quien los pudiese interpretar a Faraón.Entonces el jefe de los coperos habló a Faraón, diciendo: Me acuerdo hoy de mis faltas.Cuando Faraón se enojó contra sus siervos, nos echó a la prisión de la casa del capitán de la guardia a mí y al jefe de los panaderos. Y él y yo tuvimos un sueño en la misma noche, y cada sueño tenía su propio significado. Estaba allí con nosotros un joven hebreo, siervo del capitán de la guardia; y se lo contamos, y él nos interpretó nuestros sueños, y declaró a cada uno conforme a su sueño.Y aconteció que como él nos los interpretó, así fue: yo fui restablecido en mi puesto, y el otro fue colgado. Entonces Faraón envió y llamó a José. Y lo sacaron apresuradamente de la cárcel, y se afeitó, y mudó sus vestidos, y vino a Faraón.Y dijo Faraón a José: Yo he tenido un sueño, y no hay quien lo interprete; mas he oído decir de ti, que oyes sueños para interpretarlos.Respondió José a Faraón, diciendo: No está en mí; Dios será el que dé respuesta propicia a Faraón.»(Génesis 41:1-16 )

Después de esos dos años completos, José tuvo un momento decisivo en su vida, en un día que parecía ser igual a cualquier otro. Esa mañana amaneció como cualquiera otra mañana de los dos años anteriores. Como la mañana que hubo antes de que Moisés viera la zarza ardiente. Como la mañana que hubo antes de que David fuera ungido por Samuel como el rey elegido. Para José era apenas otro día más de cárcel, excepto por una pequeña cuestión que él ignoraba por completo: La noche anterior, el faraón había tenido una pesadilla.

El rey del país tuvo un sueño, y en él vio a siete vacas gordas y hermosas que subían del cenagoso delta del río Nilo. Luego, siete vacas feas, demacradas y hambrientas salieron del mismo río y devoraron a las vacas gordas y hermosas.

El faraón se despertó, pensando quizás que la abundante cena que había tenido antes de irse a la cama le había producido una indigestión. Se volvió a dormir pronto, pero el sueño continuó. Esta vez vio un manojo de cereal con siete espigas gruesas y saludables. Pero luego brotaron siete espigas delgadas y quemadas por el viento del este que devoraron a las siete espigas saludables.

Cuando el faraón supo que había alguien que podía decirle el significado de este perturbador sueño, dijo, por supuesto: “Busquen a ese hombre.”

“Entonces el faraón dijo a José:

—He tenido un sueño, y no hay quien me lo interprete. Pero he oído hablar de ti, que escuchas sueños y los interpretas.
José respondió al faraón diciendo:

—No está en mí. Dios responderá para el bienestar del faraón” (Génesis41:15, 16).

Eso se llama humildad. Eso se llama integridad total. Este era el momento de José en la corte, su excelente oportunidad para decir: “¿Se da usted cuenta de que pude haber estado fuera de la cárcel hace dos años, si ese imbécil que está parado allá no se hubiera olvidado de mí?” Pero no hubo nada de eso.

¿Sabe por qué José pudo ser tan humilde y hablar con tanta sencillez? Porque su corazón había sido quebrantado. Porque había sido probado por el fuego de la aflicción. Porque, aunque sus circunstancias externas parecían casi insoportables durante esos años, su condición interna se había convertido en oro puro. Ahora estamos viendo los beneficios de soportar la aflicción con los ojos puestos en Dios.