Lecciones en cuanto a la adversidad

bible-reading-guy-782907«Y soñó José un sueño, y lo contó a sus hermanos; y ellos llegaron a aborrecerle más todavía. Y él les dijo: Oíd ahora este sueño que he soñado:He aquí que atábamos manojos en medio del campo, y he aquí que mi manojo se levantaba y estaba derecho, y que vuestros manojos estaban alrededor y se inclinaban al mío.Le respondieron sus hermanos: ¿Reinarás tú sobre nosotros, o señorearás sobre nosotros? Y le aborrecieron aun más a causa de sus sueños y sus palabras.Soñó aun otro sueño, y lo contó a sus hermanos, diciendo: He aquí que he soñado otro sueño, y he aquí que el sol y la luna y once estrellas se inclinaban a mí.Y lo contó a su padre y a sus hermanos; y su padre le reprendió, y le dijo: ¿Qué sueño es este que soñaste? ¿Acaso vendremos yo y tu madre y tus hermanos a postrarnos en tierra ante ti?Y sus hermanos le tenían envidia, mas su padre meditaba en esto.Después fueron sus hermanos a apacentar las ovejas de su padre en Siquem.Y dijo Israel a José: Tus hermanos apacientan las ovejas en Siquem: ven, y te enviaré a ellos. Y él respondió: Heme aquí.  E Israel le dijo: Ve ahora, mira cómo están tus hermanos y cómo están las ovejas, y tráeme la respuesta. Y lo envió del valle de Hebrón, y llegó a Siquem. Y lo halló un hombre, andando él errante por el campo, y le preguntó aquel hombre, diciendo: ¿Qué buscas?José respondió: Busco a mis hermanos; te ruego que me muestres dónde están apacentando.Aquel hombre respondió: Ya se han ido de aquí; y yo les oí decir: Vamos a Dotán. Entonces José fue tras de sus hermanos, y los halló en Dotán.Cuando ellos lo vieron de lejos, antes que llegara cerca de ellos, conspiraron contra él para matarle.Y dijeron el uno al otro: He aquí viene el soñador.Ahora pues, venid, y matémosle y echémosle en una cisterna, y diremos: Alguna mala bestia lo devoró; y veremos qué será de sus sueños.Cuando Rubén oyó esto, lo libró de sus manos, y dijo: No lo matemos.Y les dijo Rubén: No derraméis sangre; echadlo en esta cisterna que está en el desierto, y no pongáis mano en él; por librarlo así de sus manos, para hacerlo volver a su padre.Sucedió, pues, que cuando llegó José a sus hermanos, ellos quitaron a José su túnica, la túnica de colores que tenía sobre sí;y le tomaron y le echaron en la cisterna; pero la cisterna estaba vacía, no había en ella agua. Y se sentaron a comer pan; y alzando los ojos miraron, y he aquí una compañía de ismaelitas que venía de Galaad, y sus camellos traían aromas, bálsamo y mirra, e iban a llevarlo a Egipto.Entonces Judá dijo a sus hermanos: ¿Qué provecho hay en que matemos a nuestro hermano y encubramos su muerte?Venid, y vendámosle a los ismaelitas, y no sea nuestra mano sobre él; porque él es nuestro hermano, nuestra propia carne. Y sus hermanos convinieron con él. Y cuando pasaban los madianitas mercaderes, sacaron ellos a José de la cisterna, y le trajeron arriba, y le vendieron a los ismaelitas por veinte piezas de plata. Y llevaron a José a Egipto. Después Rubén volvió a la cisterna, y no halló a José dentro, y rasgó sus vestidos. Y volvió a sus hermanos, y dijo: El joven no parece; y yo, ¿adónde iré yo? Entonces tomaron ellos la túnica de José, y degollaron un cabrito de las cabras, y tiñeron la túnica con la sangre; y enviaron la túnica de colores y la trajeron a su padre, y dijeron: Esto hemos hallado; reconoce ahora si es la túnica de tu hijo, o no. Y él la reconoció, y dijo: La túnica de mi hijo es; alguna mala bestia lo devoró; José ha sido despedazado. Entonces Jacob rasgó sus vestidos, y puso cilicio sobre sus lomos, y guardó luto por su hijo muchos días.Y se levantaron todos sus hijos y todas sus hijas para consolarlo; mas él no quiso recibir consuelo, y dijo: Descenderé enlutado a mi hijo hasta el Seol.[a] Y lo lloró su padre.» (Genesis 37:5-35)

Este es un buen momento para recordar varias lecciones que podemos aprender a partir de Ia familia de Jacob y de las adversidades de José. La primera es obvia: Ningún enemigo es más sutil que la pasividad. Cuando los padres son pasivos, es posible que disciplinen a Ia larga, pero entonces la reacción retardada se lleva a cabo con ira. La pasividad espera y espera hasta que, finalmente, no puede esperar más, ¡y Ia disciplina cae con todo su peso! Cuando esto sucede, los hijos no son disciplinados sino tratados con brutalidad. La pasividad no solo nos ciega aquí y ahora, sino que también nos hace inconsistentes.

Hay una segunda lección que podemos aprender de las luchas de la adolescencia de José. Ninguna reacción es más cruel que la de los celos. Salomón tenia razón cuando dijo: “Duros como el Seol [son] los celos” (Cantar de los Cantares 8:6, RVR-1960 ). Los celos —si se les permite que crezcan y se ulceren— llevan a consecuencias desastrosas. Si usted deja que los celos se acrecienten dentro de su famiia o de sus hijos, se estará buscando problemas. En algún momento, los celos se manifestarán de maneras muy perjudiciales.

Pero basta ya de hablar de lo negativo. Encontramos en todo esto al menos una magnifica lección de esperanza: Ninguna acción es más poderosa que Ia oración. Reconozco que el relato bíblico no dice que Jacob se volvió a Dios en oración, ¡pero es seguro que lo hizo! ¿De qué otra manera pudo seguir viviendo? ¿A dónde más pudo haberse vuelto en busca de esperanza?

Lo mismo puede decirse de usted y de mí. La oración nos da el poder para soportar. Las personas mayores son una fuente de sabiduría para los padres jóvenes, para los hijos y para los nietos. Los hombres y las mujeres solteros tienen mucho que ofrecer, ya sea dentro de sus propias familias extendidas o dentro de la familia de Ia iglesia. Las vidas devastadas y vacías pueden encontrar nuevas fuerzas para recuperarse. Es en este punto que yo diría que José, sin duda alguna, entregó su situación a Dios, mientras la caravana se dirigía a Egipto. ¡Sin duda alguna sabía, aun a los diecisiete años de edad, que su única esperanza estaba en la segura intervención de Dios! ¡Es indudable que clamó a aquel, al único que tenía el control soberano de su futuro! ¡Y lo mismo tenemos que hacer nosotros!

Ninguna acción es más poderosa que Ia oración.—Charles R. Swindoll