Alejamiento de la presencia del Padre

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Dios mío,Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Salmo 22:1)

En este versículo vemos al Salvador en lo más profundo de su angustia. En ningún otro lugar se nos muestra la pasión de Cristo tan bien como en el Calvario, y en ningún otro momento del Calvario es tan profunda la agonía como cuando el grito de Jesús atraviesa el aire: ¨Dios mío, Dios mío, por qué me has desamparado?¨ Mateo 27:46.
En aquel momento su debilidad física se combina con la severa tortura mental de la vergüenza y la deshonra por las que tenía que pasar. Y lo peor de todo, lo que en definitiva marcó el punto culminante de su sufrimiento fue la agonía espiritual indescriptible que padeció como resultado del alejamiento de la presencia de Dios de su lado. Esta fue la más oscura noche del desgrarrador padecimiento de Jesús y el punto en que descendió al mas profundo abismo de su sufrimiento.
Ningún ser humano es capaz de comprender plenamente el significado de sus palabras, aunque a veces nosotros también deseamos exclamar: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?  Hay etapas de nuestra vida en las que nubes y oscuridad (Salmo 97:2) opacan el brillo de la sonrisa del Padre, pero siempre debemos recordar que Dios nunca nos abandona. A veces sentimos una sensación de abandono, pero es solo una sensación. Sin embargo, en el caso de Cristo, él si fue abandonado. Nos consterna percibir un leve distanciamiento del amor del Padre, pero Dios sí apartó su rostro del Hijo. ¿ Quién podría alguna vez calcular la tremenda agonía que esto le produjo? En nuestro caso, nuestras penas son a causa de nuesta incredulidad, pero en el suyo, fue el grito agónico de un hecho espantoso y atroz: Dios se apartó de él durante un tiempo.
Ay, pobre alma afligida; tú que una vez viviste ante el brillo del rostro de Dios pero que ahora te encuentras en la oscuridad, recuerda que él nunca te ha abandonado. Dios, oculto tras las nubes, sigue siendo nuestro Dios como cuando brilla en el pleno esplendor de su gracia.
Sin embargo, si el simple pensamiento de que él pudiera abandonarnos nos produce una angustiosa agonía, imagina el intenso sufrimiento del Salvador cuando exclamó: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?.