¡Somos hijos de Dios!

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¡Fíjense qué gran amor nos ha dado el Padre, que se nos llame hijos de Dios! ¡y lo somos! El mundo no nos conoce, precisamente porque no lo conoció a él. Queridos hermanos, ahora somos hijos de Dios. (1 Juan 3:1-2)

¡Qué gran amor nos ha dado el Padre! Si consideramos lo que éramos y cómo nos sentimos incluso ahora cuando el pecado sigue teniendo tanto poder sobre nosotros, te asombrarás de haber sido adoptado. Sin embargo, somos llamados hijos de Dios.

¡Qué fabulosa relación la de ser hijos y cuántos privilegios otorga! Tan solo piensa en el cuidado y la ternura que un niño espera de su padre y qué amor el padre siente hacia su hijo.
Y todo eso, y más aun, es lo que tenemos por medio de Cristo. Incluso la desventaja temporaria de esta vida (el sufrimiento que compartimos con nuestro Hermano mayor) la aceptamos como un honor. El mundo no nos conoce, precisamente porque no lo conoció a él. Estamos dispuestos a ser desconocidos mientras que participamos en su humillación, porque un día seremos exaltados con él.
Queridos hermanos, ahora somos hijos de Dios. Estas palabras son fáciles de leer pero no son tan sencillas de sentir. ¿Qué sientes esta mañana en lo profundo de tu corazón? ¿Acaso estás en las más profundas oscuridades de la tristeza? ¿Los pecados pasados parecen levantarse dentro de ti y la gracia apenas parece ser una chispa aplastada pisoteada? ¿Sientes que te falta la fe? No temas. No es confiando en tus dones, tus talentos y tus sentimietnos que vivirás; debes vivir solo por fe en Cristo. Con todas estas cosas en nuestra contra, estemos en las mayores profundidades de nuestra tristeza o estemos en el valle o quizás en la cima de la montaña, ¨queridos hermanos, ahora somos hijos de Dios¨.
Sin embargo, tu dices: ¡Tan solo mírame! ¨¡Estoy destruido! No estoy usando mis talentos y mi justicia no brilla con la gloria de Dios.
Entonces, sigue leyendo lo de esta mañana: ¨Todavía no se ha manifestado lo que habremos de ser. Sabemos, sin embargo que cuando Cristo venga seremos semejantes a él. El Espíritu Santo purificará nuestra mente y su divino poder perfeccionará nuestro cuerpo y luego: Lo veremos tal como él es.

Charles Spurgeon