¡Cristo es tuyo!

dios-nos-sostiene1Haré de ti un pacto para el pueblo. (Isaías 49:8)

Jesucristo es en sí mismo la suma total del pacto y, como uno de sus dones, él es la posesión de cada creyente. Querido cristiano, ¿eres capáz de sondar lo que has recibido en él, porque toda la plenitud de la divinidad habita en forma corporal en Cristo? (Colosenses 2:9).

Considera la palabra Dios en la plenitud de su infinita grandeza y luego medita en la belleza de llegar a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo (Efeios 4:13).
Recuerda, siendo Dios y siendo hombre, todo lo que Cristo tiene o tuvo alguna vez te pertenece única y exclusivamente gracias a su favor.Se ha derramado en ti y será tu herencia para siempre.
Nuestro bendito Jesús, como Dios, es omnisciente, omnipresente y omnipotente. ¿No  resulta reconfortante saber que todos estos gloriosos atributos son plenamente tuyos? ¿Tiene él el poder que necesitas? Su poder es tuyo para ayudarte y fortalecerte, para que sometas a tus enemigos y para sostenerte para siempre.
¿Tiene él el amor que necesitas? No hay una sola gota de amor en su corazón que no te pertenezca, y puedes bucear en su inmenso océano de amor y afirmar ¡Es todo mío!.
¿Tiene él la justicia que necesitas? Es posible que nos parezca un atributo poco agradable, pero también es tuyo. Y es esta misma justicia la que te asegurará que todo lo prometido en su pacto de gracia es ciertamente para ti.
También participas del deleite del Padre que era sobre él como hombre perfecto. El Dios Altísimo lo aceptó. Por lo tanto, querido creyente, la aceptación de Dios hacia Cristo es también tu aceptación. ¿Acaso no te das cuenta que el amor que el Padre derramó en el perfecto Cristo también te lo otorga a ti?
Todo lo que Cristo consiguió es tuyo. La perfecta rectitud que Jesús manifestó es tuya. A lo largo de su vida sin tacha obedeció la ley, la honró y ahora su rectitud se te confiere a ti.
Por medio del pacto, ¡Cristo es tuyo!

Mi Dios, soy tuyo; ¡qué consuelo divino !
¡Qué bendición saber que el Salvador es mío!
En el puro Cordero del cielo, mi gozo se ve triplicado
Y mi corazón danza al son de su nombre.  (Charles Wesley, 1707-1788)

Charles Spurgeon